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De la viola y el taller – Testimonio de Juan Villegas

Publicado: 23 Sep 2016

Juan Villegas tiene 64 años, vive en Morón y hasta hace unos meses, trabajaba y vivía en su taller, haciendo arreglos de chapa y pintura en los autos de la zona. Hace muchos años que se dedica a tocar la guitarra y a hacer pequeñas presentaciones con su banda de folklore salteño. Actualmente vive con Ida, su pareja, a quien conoció durante su adolescencia y se reencontró muchos años después en la sociedad de fomento del barrio.

Juan llegó a conocer su condición de diabético insulinodependiente cuando, hace ocho años, abrumado por la fiebre y un dolor intenso en la pierna, fue internado en el Instituto Haedo donde se le amputó un pie – motivo no suficiente para que Juan dejara de andar en bicicleta, que hoy es su medio habitual de transporte. De ahí en adelante, investiga e intenta informarse todo lo que puede sobre su problema, para combatirlo. Hasta entonces, Juan no atendía los cuidados correspondientes a su condición de salud: “Yo toda la vida fui un tipo de la viola y el taller, nada más. Y si me dolía algo me tomaba un Ibuprofeno, o no le daba bolilla, nunca fui a un médico. Y antes ni sabía qué era la diabetes, ¿qué es diabetes, qué sé yo?”.

A comienzos del año 2016, los dueños del taller que Juan alquilaba decidieron volver a ocuparlo, provocando que él tuviera que mudarse. El calor, los problemas económicos y la inminente pérdida de su lugar de trabajo le desataron un pico de presión que fue solo el comienzo de meses muy difíciles. “Dale bola porque esto es jodido”, le dijeron cuando fue a la farmacia local a hacerse ver. Le recomendaron que fuera al oftalmólogo y solo algunas semanas más tarde sabría que se trataba de retinopatía diabética, una afección que se origina cuando los desequilibrios de azúcar afectan a los vasos que irrigan la retina.

Para ese momento Juan veía solo sombras. En la guitarra tocaba solo las canciones que sabía de memoria, ya que leer las partituras se hacía imposible. La dependencia de la insulina se volvió un problema. “Yo tenía miedo”, dice Ida, quien le ofreció un hogar cuando él dejó de poder vivir en su taller. “Me hacía una escapadita a la noche y le dejaba preparadas las jeringas en la heladera. No podía ver las medidas y eso es muy peligroso, conozco casos de gente que se dio de más y terminó en un coma diabético. Y él solo decía ‘No, vos quedate tranquila que yo me arreglo…’. Y más allá de que él no me decía nada, yo me daba cuenta de que él no veía nada. Ni para hacerse la comida. Pasamos momentos muy difíciles”.

Después de atenderse algunas semanas en un hospital oftalmológico de la zona, donde no recibió explicaciones, resultados ni preocupación, llegó a Fundación Zambrano por recomendación de un amigo. Así fue como llamó, un turno y se acercó por primera vez a la Fundación, donde se atendió con el Dr. Pablo Armendariz.

Cuando escuchó cuánto podía costar la cirugía que necesitaba, perdió las esperanzas, debido a que al no poder trabajar, no percibía ingresos que le permitieran abarcar el total de los gastos de la intervención.

juan De la viola y el taller - Testimonio de Juan Villegas

“Y así le llegaron las vacaciones a la señora y se la pasó llevándome a la Fundación. Llegaba siempre del hombro de ella. ¿Cómo se hace para agradecer eso?”  

Tras enterarse de que existía un área de Servicio Social en la Fundación, Juan se preguntó si la atención por esta vía sería la misma que para un paciente particular. Cuenta que el Dr. Armendáriz le respondió: “Mirá, el Servicio Social está allá adelante. Esto de acá es medicina pura. Yo te voy a atender a vos igual que al presidente o a cualquiera”, y así fue.

juan2 De la viola y el taller - Testimonio de Juan Villegas

Cuando le sacaron el parche, el día después de su primera cirugía, Juan no lo podía creer: “En el tren de vuelta veía los carteles, a la gente, miraba por la ventanilla. Me sentía un chiquito… Capaz te tiene que pasar algo para darte cuenta realmente de todo lo que es la vista”. Después de un tiempo de no contar con movilidad independiente, ni poder realizar trabajos livianos o incluso manejar, el cambio fue gigantesco para él.

“El paciente Villegas llegó con 1 décima de visión, y ahora está viendo más de 6 décimas”, señala el doctor Armendariz. “Es una mejora muy significativa en la que él tuvo mucho que ver, por la constancia y el cuidado que le puso a los controles”.

Hoy, a menos de un mes de su última cirugía, Juan está cerca de dar el próximo paso, uno que hace varios meses parecía imposible: los lentes de contacto. En plena recuperación, asegura que va a grabar su primer disco solista antes de fin de año, y se emociona al recordar cómo cambió su vida en los últimos meses: “Yo recibí una atención, en lo personal y en lo profesional, como nunca antes. Voy a estar agradecido siempre, porque en lo que me quede de vida no voy a poder olvidar esta etapa, todo lo que yo pasé y cómo estoy hoy”.